Ya solo susurraban al oído, solo murmuraban y nadie podía entenderles, pero a mí me gustaba pensar que se decían cosas bonitas y dulces, que se llamaban amor, que de letra en letra se enviaban besos chocolateados y arrugaditos, besos de siempre, de los que tenían guardados en la vieja caja de hojalata de los besos susurrados.
Pasado el tiempo daban igual las rosas o las ligas, a pesar de que ella seguía ciñéndoselas cada mañana a los muslos.
No se les había perdido el cariño, quizás sí la pasión, pero aún la miraba con esos ojos de niño, ya grises y viejos, aunque aún tenían el brillo claro y puro al mirar las finas arrugas de su Pepita.
La mirada de ella decía que a pesar de que no seguía poseyendo la fuerza en sus brazos, era su protector; su tejado en la tormenta, el amarre en la marejada.
La sobreprotección de las manos de Antonio sobre ella, aunque a veces le ahogaban ligeramente la libertad, otras veces eran una almohada en el suelo, su apoyo y cariño.
Si Antonio hubiese querido ir a la China en barca, ella hubiese estado dispuesta a remar todo el camino.
Un ligero y rápido beso colmó la mejilla de Pepa.
Mi sonrisa superó el brillo de la llama de la hoguera que adormilaba la habitación con su suave tono. Hacía mucho que no veía tal cercanía física.
Me día la vuelta y abandoné a la pareja en silencio.
Quería verla por última vez, a pesar de saber que únicamente serviría para hacerse daño. Pero la necesitaba para poder seguir adelante con su vida, y si para ello tenía que ser un estúpido, lo sería.
Solo quería volver a ver ese brillo en los ojos color melocotón oscuros de Amelie. La sonrisa que iluminaba la habitación, literalmente. Ese sentimiento de tranquilidad que empapaba todo como una húmeda mañana de Noviembre; aguarchaba las cortinas, empañaba los espejos para hacerles llorar más tarde con el roce de su dedo al escribir te quiero, las sábanas, y hasta el sol parecía calado con esa sonrisa, la sonrisa de Amelie, su Amelie.
Quería ver por última vez el vuelo de su flequillo recto bailando sobre sus pestañas como las alas de una mariposa posándose en pétalos de terciopelo. Y los mofletes morenos que se coloreaban levemente cuando le acariciaba con las yemas de los dedos la rodilla, cual arañita juguetona.
Ese aire de niña buena que tenía luciendo un picardías, aunque sean dos conceptos que se contraponen, Amelie conseguía fundirlos con una preciosa liga rosa rematada con puntillas doradas.
Realmente necesitaba verla una vez más.
Le iba a doler y mucho, pero se le hacía inevitable desear sus manos cuales porcelanosas ramitas de almendro rozando las suyas. Los dedos de Amelie decorando su cuello. Sus uñitas cosquilleando las venitas del cuenco de su codo.
Quería a Amelie, la amaba y le daba igual si estaba en el cielo o en el infierno en ese momento .
Una vez sentí que las paredes de una casa no servían para resguardarnos del frío; servían para ocultar lo que dentro se cocía, y que para eso servían las chimeneas: para expulsar el humo en forma de cenizas que nuestras relaciones familiares generan. Las puertas eran como aquel programa de jóvenes cantantes, Lluvia de estrellas, donde los niños se metían por una estrella y salían convertidas en los cantantes a los que iban a representar. Nosotros nos convertimos en las personas que queremos ser, en lo que nos gustaría ser. Y al fin y al cabo, ¿no es entonces la calle una fábrica de sueños? es donde puedes ser como te gustaría, ¿no? Pues no, porque en el fondo también nos gusta un cachito de nosotros que quizás no esté en ese personaje que pisa la calle, quizás sea esa mínima parte de nosotros la única que luche por nuestra integridad y razón, y al final, acaba ganando batallas que nosotros no somos capaces de enfrentar, y sí, lo hace ella solita. La rebelde parte de nosotros tiene una energía propia e independiente de nuestro humor, que siempre en secreto y sin que nos demos cuenta, va comiendo terreno a esa falsa careta, a los muros de nuestra casa entrando por la chimenea hasta que llega a nosotros mismos y nos desnuda.
Y sin saber cómo, somos felices, aunque parezca raro. ¿Somos felices aún cuando no podemos interpretar a quienes querríamos, porque destrozamos la actuación?
La pequeña flor escupió un primer vistazo y estiró sus pétalos, y yo, que soy una envidiosa compulsiva, me estiré con ella. Llevaba puesta la camisetona laaaaarga, larga y tremenda de anchura, que tiene miles de millones de agujeritos de cada mordisco tuyo, bobotrón.
Solo quería tropezarme y caerme sobre un fresco césped lleno de margaritas y sin bichitos que me ponen nerviosa. Una de esas caídas tras las que no puedes levantarte de la risa. Reírme ahí en el suelo con el diafragma hecho añicos. Coger aire y no volver a tomar una respiración. Que sean tus labios aferrando los míos quienes me suministren todo lo que necesito.
Me senté en un taburete y comencé a sorber el café. Poquito a poquito. Que me mola más.
Emma se subió sigilosa a mis piernas. No me había enterado de que sus ojitos ya habían amanecido con la primera flor de la ansiada Primavera. Su larga cola se insinuó por mis narices, como esas chicas que enseñan la liga pero hasta ahí pueden leer.
Y entonces apareciste tú por la puerta. Solo llevabas el pantalón del pijama, como de costumbre. Tu pelo rubio estaba alborotado. Con la mano arrascabas lo poco de sueño que te quedaba en la nuca.
Te acercaste y con la dulzura con la que acaricia el sol a las curvas del horizonte, me quitaste la última lágrima que aún se mecía tranquila en mis pestañas.
-Te quiero muchísimo, amor. Gracias por quererme.
-Estoy encantado de quererte.
Y mientras que Emma se moría de celos, la leve cortina de la Primavera dejó desvanecer el rayo de sus labios en la manzana de mi boca.
¿Que qué me gusta de ella? Uff... todo supongo. Mucho me gustan sus ojitos al despertar. Me gustan sus pechos al contonear. Y ese aire loco que tiene cuando se agita el pelo antes de meterse a la cama. Pero algo que me deja anonadado son sus caderas al andar con esos tacones de infarto.¡Menuda es ella! Se mueve con esa gracia que solo ella posee.
La conocí en un bar, al que no me he atrevido a volver a entrar.
Ella y sus zapatos... cielo santo. ¿Sabes? Nunca te lo he contado, supongo que me da vergüenza y no me digas que no debería porque ya lo sé, pero un día me puse esos zapatos suyos. Los que me vuelen tarumba. Sí. Pues esos. No dí dos pasos con ellos puestos. ¿Cómo lo hace? El contoneo de sus caderas pasito a pasito. Cla-cla, cla-cla, cla-cla, cla-cla. Talón-punta, talón-punta. ¡No te creas que no me he fijado! Y más impresionante que su delicadez al moverse con tremendo andamio en los pies, el cuando sube las escaleras. Sí, sí. Creo que ella nunca se ha dado cuenta, que lo hace instintívamente. Pero cuando sube las escaleras, apoya la planta del pié, pero el tacón lo deja fuera, colgando. Es difícil de explicar. Aún así, me sigue dejando loco. Porque al subirlos de esa manera, es como si llevase un calzado plano, pero cuando llega al final de las escaleras vuelve a lucir ese paso vaselina con el que se desliza como una Diosa Griega por el pasillo. Que a todo esto, no he mencionado cuando se va quitando la blusa por el pasillo y que cuando llega al marco de la puerta, me mira. Me mira con una mirada felina.