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jueves, 11 de febrero de 2010

El primer hogar, dulce hogar





Paola observaba fijamente el techo de su habitación.
Había echado tanto el falta sus almohadones de plumón, sus trajes de satén, su moqueta, las zapatillas calentitas de conejitos rosas... pero jamás echó en falta los collares de perlas, las amigas que te escupían a espaldas, el tener que estar siempre perfecta, a su madre y a las gilipolleces de su padre -tener que llamarlo papi, por ejemplo y sin profundizar-.

Ahora sentía de nuevo el fresco aire que soplaba a su ventana cada amanecer, el sonido de los pájaros del despertador con caritas de princesitas, los muebles blancos y el olor a café que preparaba Jesusa en la cocina, su uniforme, que tan elegantemente vestía y lucía sin reparo alguno... nada había cambiado, incluso seguían por ahí las revistas de adolescentes que leía en las fiestas de pijamas. Todo le había esperado y ahora se sentía cómoda allí tirada. Hacía tanto que no suspiraba con tono de "hogar, dulce hogar" de hecho, creo que nunca había pensado esa frase; siempre había odiado todo aquello, el estátus social, la vida ajetreada y materialista, pero tampoco le gustó la aventura de drogas, libertad y vivir al día. Así pues, el volver a dónde realmente la querían, significaba un claro hogar, dulce hogar para ella.

Al fin.






domingo, 24 de enero de 2010

Dios sabe como...



La pobre Paola se escondió en el fondo del estrecho bar, entre la máquina de tabaco y la barra, junto a otras muchas personas que buscaban un recobijo donde no entrase el sol y tan al fondo que no llegase el sueño en su turbia nube.
Se escondió en el baño y echó mano de los polvitos mágicos que le dan miedo al cansacio, para que no se la llevase con él.

Despertó mucho más tarde. Dios sabe dónde, Dios sabe cuándo, Dios sabe con quién.