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lunes, 28 de marzo de 2011

Y se sonrió a sí misma


Desesperación.

¿Qué hacer cuando nada ni nadie parece ser una buena opción? ¿cuando no hay ganas de llorar, no hay ganas de sonreír? ¿cuando ni siquiera elegir apetece? ¿cuando incluso, puede ser peligroso?



Bellanie estaba tumbada en la cama, con los ojos abiertos, mirando el techo. Se sentía vacía, se sentía rendida, pero ni siquiera aturdida. Era un estado en blanco. Quizás era el limbo de las emociones. Ella, sola, en su habitación, creando nuevos parámetros espirituales. Sola, como quizás se quedaría para siempre, como quizás fuera lo mejor para el resto de personas de este mundo.
Había hecho daño a otros y se había hecho daño a si misma. Era un desperdicio. Pero... ¿de qué servía auto lamentarse? Bah.. no había ganas ni de ponerse a pensar.

Churt había salido con las uñas clavadas en las palmas de las manos de tanta rabia contenida, ella tenía los ojos rojos del diluvio que había sido y los dientes marcados en los labios inferiores, y aquel camarero tan bien dotado, había sido despedido de la actuación dando un beso a Bella en la frente antes de salir por la puerta, con la camisa aún desabrochada y los zapatos en las manos.

Menudo desastre de tía... ¡pero quería ser feliz, joder! ¡de veras que sí! Quizá fuese el único deseo que albergaba, pero era increíblemente fuerte e increíblemente bello.
Sabía que con Churt jamás sería feliz, estaba comprobado, y con solo pensarlo ya estaba desperdiciando su tiempo. Tenía que volver a ver a aquel camarero... tenía que saber su nombre y besarle hasta que se le llenara el corazón de amor, tenía que ser feliz al fin.

Se puso el vestido de lunares marrones escotadísimo, se anudó el pelo en una larga trenza, se polvoreó las mejillas, se pintó los labios, se perfumó y sonrió, se sonrió a sí misma, y comenzó a respirar de nuevo...

domingo, 14 de noviembre de 2010

Tienes razón, yo jamás podré hacerte feliz.





Llamaron al timbre. Bellanie se sobresaltó. Su compañía también se despertó.

-¿Vas a abrir o me das un ratito más de placer?-susurró guiñando un ojo.

Carraspeó, se apartó el pelo de la cara -Tengo que abrir- contestó algo aturdida. No recordaba del todo la noche anterior.
Fue hacia la puerta atándose la bata, con el rimel algo corrido y descalza.
Y, ¿a que no adivináis a quién se encontró nuestra querida Bella en la puerta con su sonrisa picarona y una botella de champán?

Exacto.

-Me encanta esa bata, pero mucho más cuando no la llevas puesta- dijo Churt con su grave y atractiva voz de actor de Hollywood
-¡¿Churt?! ¿Qué haces tú aquí?
-Vengo a revisar la caldera...-entró, dejó la botella en la cómoda y se comenzó a quitar la americana.
-Churt, vete.- dijo Bella con un hilo de voz.
-¿Qué?
-Tienes que irte, aquí no hay nada para ti.

En ese preciso momento, en el momento idóneo (nótese la ironía), salió el misterioso camarero, el compañero de colchón de Bellanie, de la habitación... y sí, en calzoncillos.
Churt se quedó paralizado. Se le comenzaron a enrojecer los ojos y apretó fuerte los puños.

-Ya veo que la fulana está esta mañana ocupada. ¡A saber de dónde has sacado a esta chusma, Bellanie! ¿De Brooklyn? Dúchate antes de volver a llamarme, perra.
-No tienes ningún derecho. Sal de aquí. ¡YA!
-Tienes razón, que folles con cualquier pardillo que te hayas encontrado no es asunto mío.
-Vete. Ya.- dejó escapar en un pequeño susurro
-Tranquila, no volverás a verme.
-Churt, sabes que no tienes derecho, después de todo, ¿qué te mereces? ¿quieres que te espere después de semanas enteras sin verte, emborrachándote en Europa con rubias estúpidas y de coño con precio y etiqueta? ¡Churt! Yo también tengo una vida, ¡quiero ser feliz!

Cual perro dolido y destrozado, nuestro animalito de caza femenina metió el rabo entre las piernas. Cogió su americana y se dirigió a la puerta, dejando el champán en la cómoda.

-Tienes razón, Bellanie, yo jamás podré hacerte feliz.

Y cerró la puerta tras de si.

martes, 20 de julio de 2010

Caladas de felicidad




Paseaba por las aceras desnudas.
Los faros de los coches barrían la noche.
Bellanie se imaginaba metida dentro de un videoclip, dentro de las canciones de su iPod y se reía en silencio, dejando que asomasen a su boca las últimas gotitas del perfume de la felicidad.

Al pensar en ella, intentó recordar cuanto hacía que no la sentía; esas ganas de comerse el mundo a carcajadas, de fumarse el mundo entero a caladas largas, de bailar con las sombras a las que todo el mundo temía sin miedo alguno, subirse a unos tacones sin ver altura.
·se miró las manoletinas, sonrió·

Quiso volver a comerse cada noche, así que se metió dentro del primer antro que se le puso en mitad del camino.
Estaba vacío, a excepción de un camarero rubio y amargado que se estiró al verla entrar. Olía a humedad, a tabaco y a madera roída.


-¿Qué va a ser?
-Whisky. No escatime.
-Usted manda, señorita.
-Me hice mujer hace tiempo.
·le sirvió su copa·
-¿Desea algo más la señora?
·colocó un billete de cien encima de la pegajosa barra·
-Unos cuantos como este.
-Prométame que no me va a hacer arrastrar a una belleza tal fuera de mi local.
-Prométame que me tratará con algo más decencia de la que ha sido capaz de hacerlo el mayor amor de mi vida.
·largo silencio·
-No le merece.
-Nadie.
-No pensaba hacer el atrevimiento, pero le quita usted a uno las ganas.
·Bella sonrió, como una larga calada a la repentina felicidad·
-¿Cuánto me darías?
-¿Acaso puede alguien ponerle precio?
-Espero que notase la ironía... no quiero que piense que... claro...

·Alargando su torso por encima de la barra, salpicó un beso a los labios de Bellanie. Esos besos carnosos que se quedan pegados y los saboreas con ansias de más. Esos besos por los que alguien puede, incluso, llegar a olvidar al peor Churt·

sábado, 12 de junio de 2010

La culpa de la moqueta salmón.



Las paredes ocres de la habitación, la moqueta salmón, las sábanas de un blanco roto, su camisón de seda lila rozando su piel como una fina capa de champán que abría sus poros. Tocó suavemente la tela. Cogió aire. Un escalofrío surcó su nuca. Su mano se fue deslizando poco a poco por sus pechos, se deslizó por el centro de su tripa. Anchó el camino, y marcó las curvas de su cadera, y volviendo a encauzarse, llegó al destino.
Entonces se abrió la puerta. Churt y una bandeja a rebosar de comida rica en grasas aparecieron por el umbral .
Estaba su roso al aire, estaban sus piernas al aire. Estaba desnudo.

-¡¿Churt?!- apartó la mano de su entrepierna en un rápido movimiento. Llevó el borde del edredón hasta tu barbilla -¡¿Qué haces tú aquí?! ¡Y desnudo!

-Bellanie... conozco bien tu cuerpo, no te tapes tanto, anda- se acercó hasta la cama, se sentó en el borde, dejando la bandeja al otro lado de Bella y la destapó.
Comenzó a palpar sus muslos y fue subiendo hasta colocar la mano donde había estado la de Bella, mientras se acercaba hacia sus labios resacosos de carmín.

-¡NO ME TOQUES!- Se levantó de un salto de la cama, tirando la bandeja y cogiendo su bata -¡LÁRGATE DE MI CASA Y NO VUELVAS A APARECER POR AQUÍ!

-¡Pero Bellanie! ¿No recuerdas lo que pasó anoche?- Churt se levantó de la cama y fue acercándose a ella con claras intenciones de lanzarse a la yugular.

-¡No! Y tampoco quiero recordarlo- dándose cuenta de la proximidad de ambos cuerpos -¿Y quieres taparte, por el amor de Dios?

Pero Churt completó su objetivo. Se dispararon las sensaciones de Bella, sus poros se abrieron para dejar paso al aliento que el hombre que había amanecido desnudo en su habitación, dejaba caer como niebla sobre su piel. Bajaron las manos de Churt, levantó su camisón y rozó las suaves nalgas de Bella, faltas de bragas. Bellanie introdujo sus dedos en el pelo rizado de el hombre al que más odiaba y amaba a su vez, el mismo que estaba comenzando a hacer vibrar su mano...

Y Bella se olvidó de todo el dolor que Churt podía causarle. Por un momento.

lunes, 8 de febrero de 2010

El comienzo de la angustia de Bellanie





Algo brotaba en su pecho cuando él le ponía la mano en el muslo.
Era algo obvio, menos para ella. La pobre Bellanie pensaba que era producto de la imaginación de quienes le rodeaban, o al menos eso decía en público, porque en sus largas noches, Belle, fantaseaba con el asqueroso, malvado y odioso Churt, soñaba con su lengua recorriendo cada extremidad que pudiese tener su cuello, con sus labios mordiéndole el lóbulo de la oreja, con sus pellizcos en el culo, con sus dedos... Y él, que no era tonto, sabía perféctamente que cuando le susurraba al oído, ella no se movía y sus palabras flotaban con el sabor a chocolate derretido entre los pechos de Belle, a fresas en la entrepierna y a leche caliente en los labios.

Al principio, el temor de Churt a enamorarse, hacía que alejase a Belle de su mente comprando a señoritas de compañía; sus preferidas eran las asiáticas, aunque siempre tuvo pendiente ese viaje a México.
Luego, tras haberla tenido -por cuestiones que el destino aún no ha revelado- entre sus brazos, hizo que Churt necesitase de esa saliva para vivir, incluso hizo cosas que su maldad no le hubiese permitido nunca, hasta que se dio cuenta de que ésta había desaparecido de su mirada, que el romanticismo y la ternura colmaban ya sus venas y que nunca viajaría a México.

Y a partir de entonces, quién necesitó a Churt fue ella, la pobre Bellanie.